Las grietas internas del Gobierno volvieron a hacerse evidentes durante el acto religioso celebrado en Luján. Victoria Villarruel, quien ejercía como presidenta interina por la ausencia de Javier Milei en Israel, acudió al templo pero tomó la deliberada decisión de no coincidir en la fila con Manuel Adorni, el vocero presidencial.
Esta actitud refleja las crecientes fricciones que caracterizan al círculo íntimo de la administración libertaria. La vicepresidenta confirmó su participación en el evento, pero su comportamiento durante la ceremonia dejó en claro que mantiene distancia con ciertos miembros del gabinete.
La situación contrasta con la presencia de Axel Kicillof, quien encabezó una delegación de funcionarios bonaerenses en el mismo acto. El gobernador peronista aprovechó la ocasión para mostrarse en un evento de relevancia religiosa y política.
Los conflictos entre Villarruel y sectores del Ejecutivo no son nuevos. Durante los últimos meses han trascendido desacuerdos sobre orientaciones políticas y estrategias de comunicación gubernamental. Adorni, como principal portavoz del Ejecutivo, ha sido frecuentemente cuestionado por diferentes espacios de la coalición gobernante.
La ausencia de Milei en el país, viajando hacia Medio Oriente, dejó a la vicepresidenta al frente de las decisiones ejecutivas. Este tipo de eventos, que combinan dimensiones religiosas y políticas, suelen ser espacios donde se expresan alineamientos y rupturas dentro de las estructuras de poder.
La intención de no compartir espacio público puede interpretarse como un gesto de desaprobación o simplemente como una estrategia para mantener perfiles diferenciados dentro del Gobierno. En cualquier caso, la fragmentación visible en la plana mayor del Ejecutivo continúa generando incertidumbre sobre la cohesión interna de la administración libertaria.


