Hace exactamente un año, Jorge Mario Bergoglio dejaba este mundo, llevándose consigo una vida de profunda fe religiosa y un amor inquebrantable por San Lorenzo de Almagro, la institución que lo acompañó durante décadas.
El pontífice argentino no fue un devoto ocasional del club del barrio de Boedo. Su vinculación trascendía lo meramente deportivo: Francisco portaba el carnet de afiliado vitalicio número 88.235, un testimonio tangible de una relación que comenzó en su juventud y perduró sin interrupciones hasta el final de sus días.
Esta particular lealtad hacia la institución azulgrana se convirtió en parte de su identidad personal. Incluso ya instalado en el Vaticano, en la máxima autoridad de la Iglesia Católica, nunca renunció a sus raíces porteñas ni a su conexión con San Lorenzo. Los que lo conocían destacaban que la pasión por el club no era un capricho, sino una manifestación genuina de sus valores: la identidad, la tradición y la lealtad a los orígenes.
Durante su pontificado, Francisco en varias ocasiones dejó ver su admiración por el equipo que lo vio crecer. En conversaciones privadas y públicas, recordaba momentos del club con nostalgia, demostrando que ciertos lazos familiares y sentimentales nunca se pierden, sin importar cuán elevada sea la posición que se alcance.
Su muerte marcó el fin de una era en la que un Papa argentino gobernó la fe católica mundial sin olvidar jamás de dónde provenía. San Lorenzo, por su parte, perdió a uno de sus hijos más ilustres, alguien que llevó el nombre del club en el corazón durante toda su existencia.
El legado de Francisco trasciende los confesionarios y las ceremonias litúrgicas: también permanece en la memoria de San Lorenzo, en la historia de un hombre que demostró que la grandeza espiritual no requiere renunciar a los afectos simples y profundos que nos definen como seres humanos.


