Los datos de mayo cerraron con un rango que oscila entre 2,1% y 2,5%, según las mediciones de consultoras y organismos especializados. Este intervalo refleja la volatilidad actual del índice de precios y marca el pulso de una economía que intenta consolidar la tendencia bajista iniciada meses atrás.
El desafío central para los próximos meses es romper la barrera del 2%, un umbral que se perfila como crítico para la segunda mitad del año. Analistas consultados coinciden en que el proceso de desinflación seguirá avanzando, aunque con limitaciones concretas que ya asoman en el horizonte.
Los factores que condicionarán esta evolución son claros: los precios regulados —servicios de agua, luz y gas— jugarán un rol determinante, como también la dinámica del tipo de cambio y las presiones que vengan del frente externo. Estas variables escapan parcialmente al control de la política monetaria y operan como un techo para cualquier mejora significativa.
Desde el sector privado advierten que mantener la inflación por debajo del 2% requiere una alineación casi perfecta de estos factores externos. Las expectativas, aunque prudentemente optimistas, están atadas a que no haya sorpresas en los mercados internacionales ni movimientos abruptos en el valor del dólar.
La lectura de expertos sugiere que estamos en una etapa de estabilización relativa. Si bien mayo mostró cifras controladas, la proyección para junio mantiene cierta cautela. El mercado no descarta volatilidad, pero tampoco anticipa un repunte inflacionario de magnitud.
Lo que define el próximo semestre será la capacidad de sostener esta contención de precios sin depender exclusivamente de factores coyunturales. El debate entre economistas se centra en si estos números reflejan un cambio estructural o apenas una pausa temporal en un proceso más complejo.


